Algo así como una radiografía.
No. mejor algo así como una resonancia magnética.
Algo que deje ver a la perfección
como quedó el corazón.
Estallado, fracturado, averiado, rajado, desbaratado,
fragmentado, despedazado, astillado, fulminado.
Roto. Sí.
La más terrenal, la que más se acerca
la más tangible.
Roto.
Y no. No estoy intentando hablar de amor.
Eso no es lo que importa ahora.
Esto es sobre la consecuencia. El después. Lo que queda.
El corazón roto, en la literalidad.
Es que cuando te despertás a la mañana
(o a la noche, da igual)
y te inclinás hacia adelante
para sentarte en la cama
ahí es cuando en el pecho se siente
un pequeño chillido.
Y después algo así
como cuando cruje una nuez cuando la abrís.
O como esas mecedoras de madera
que en el vaivén hacen un ruido insoportable.
En el vaivén del corazón roto pasa lo mismo.
Y suena más fuerte cuando llueve capaz
y es domingo
y nadie te hizo ravioles con tuco.
O cuando escuchas al pelotudo de Bob Dylan.
Duele.
A veces todo el tiempo
A veces ni siquiera se siente
que el corazón está ahí en el pecho
porque de tanto chillido y quebradura
el chabón queda como desmayado, anestesiado.
El corazón roto no es una metáfora
para revelar la desgracia.
El corazón roto es una definición
de haber olvidado como flotar
en el agua.
En el agua o en la tierra.
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