Una puerta blanca sin timbre.
“Estoy afuera” por un mensaje de texto y viene a abrirme. Un pasillo -que no
dura más de diez segundos- sin luz. La puerta principal que hace un pequeño
chillido cuando la abrís. Paso yo primero corriendo, casi religiosamente para
ir al baño, hacer pis y lavarme las manos. Me seco con una toalla casi siempre
blanca, casi siempre azul.
Me
siento en un sillón color bordó, de esos antiguos que se balancean y lo veo
sacar un libro de la biblioteca que hizo él mismo con unas maderas que encontró
por ahí, acomodada a la izquierda del sillón, frente a un televisor que nunca
está prendido. Ni siquiera sé si funciona. Me lee, una, dos, tres páginas y me
explica lo que piensa del autor. Mientras, yo, le cebo un mate amargo, analizo
lo que él piensa, y observo los cuadros de Eva y Frida colgados en una de las
paredes, pintada de azul, el mismo azul del que está pintada la casa de la
mexicana. Y en otra pared, toda roja, observo los cuadros pintados por él: un
Walsh en blanco y negro y un Néstor al estilo Picasso, color verde.
Me tomo el último mate lavado,
frío, y me paro para abrazarlo, para decirle que todo va a estar bien, que ya
va a haber tiempo de terminar el libro. Cierro los ojos y siento sus brazos apretándome
fuerte como si quisiera hacerme desaparecer, y huelo ese olor a humedad, a casa
vieja, del que ya estoy acostumbrada. Falta abrir las ventanas. O poner más
ventanas…
Ya es tarde y le digo que nos
vayamos a acostar. Cruzamos el pasillo, que separa el comedor de la habitación,
donde descansan dos plantas de marihuana. Las saludo con el presentimiento de
que será la última vez que las vea con vida.
Me siento en la punta de la cama
de dos plazas para sacarme las zapatillas y para sacárselas a él también. Ya
son las once de la noche y desde la ventanita de la pieza no entra ni un gramo
de luz. El foco se quemó, así que experimento la ceguera por unos minutos. Pero
no importa: sé dónde está mi pijama en el ropero de pino; sé cómo hacer para no
chocarme con el escritorio que está frente a la cama; sé de qué lado acostarme
para luego despertar a la mañana e ir corriendo, casi religiosamente, al baño.
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