domingo, 2 de abril de 2017

V



Una puerta blanca sin timbre. “Estoy afuera” por un mensaje de texto y viene a abrirme. Un pasillo -que no dura más de diez segundos- sin luz. La puerta principal que hace un pequeño chillido cuando la abrís. Paso yo primero corriendo, casi religiosamente para ir al baño, hacer pis y lavarme las manos. Me seco con una toalla casi siempre blanca, casi siempre azul.
                Me siento en un sillón color bordó, de esos antiguos que se balancean y lo veo sacar un libro de la biblioteca que hizo él mismo con unas maderas que encontró por ahí, acomodada a la izquierda del sillón, frente a un televisor que nunca está prendido. Ni siquiera sé si funciona. Me lee, una, dos, tres páginas y me explica lo que piensa del autor. Mientras, yo, le cebo un mate amargo, analizo lo que él piensa, y observo los cuadros de Eva y Frida colgados en una de las paredes, pintada de azul, el mismo azul del que está pintada la casa de la mexicana. Y en otra pared, toda roja, observo los cuadros pintados por él: un Walsh en blanco y negro y un Néstor al estilo Picasso, color verde.  
Me tomo el último mate lavado, frío, y me paro para abrazarlo, para decirle que todo va a estar bien, que ya va a haber tiempo de terminar el libro. Cierro los ojos y siento sus brazos apretándome fuerte como si quisiera hacerme desaparecer, y huelo ese olor a humedad, a casa vieja, del que ya estoy acostumbrada. Falta abrir las ventanas. O poner más ventanas…
Ya es tarde y le digo que nos vayamos a acostar. Cruzamos el pasillo, que separa el comedor de la habitación, donde descansan dos plantas de marihuana. Las saludo con el presentimiento de que será la última vez que las vea con vida.

Me siento en la punta de la cama de dos plazas para sacarme las zapatillas y para sacárselas a él también. Ya son las once de la noche y desde la ventanita de la pieza no entra ni un gramo de luz. El foco se quemó, así que experimento la ceguera por unos minutos. Pero no importa: sé dónde está mi pijama en el ropero de pino; sé cómo hacer para no chocarme con el escritorio que está frente a la cama; sé de qué lado acostarme para luego despertar a la mañana e ir corriendo, casi religiosamente, al baño.

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