miércoles, 21 de junio de 2017

Vamos a suponer que está amaneciendo en la playa. Tocaba la banda de tu adolescencia cerca del mar, y nos habíamos escapado antes de que terminara el show porque había mucha gente y nosotros estábamos muy drogados y la euforia esa que conocés bien quería salir del cuerpo, corriendo. Nos metimos a una pileta de ese balneario que ahora no me acuerdo el nombre y nos echaron porque era un lugar privado. Le dijiste que nosotros no estábamos privados de nuestra libertad. Re pelotudo, qué tenía que ver. Nos fuimos, bajamos a la orilla, me tiraste a la arena y me dijiste que me case con vos. Menos mal que no te hice caso. Terminaste privado de tu libertad un tiempo después, y me pediste que te lleve la mayor cantidad de cigarrillos que pudiese.
Como sea, antes, mucho antes de que terminaras en la cárcel, de que termináramos en la arena, me asombraba la rapidez con la que te escabullías de las discuciones importantes. Me acuerdo un domingo a la tarde, llovía y eran esos domingos de invierno en Mar del Plata viste, esos que te obligan a encerrarte en una habitación a oscuras como si fueses un psiquiátrico permitiéndote hablar solo con el de al lado, si es que existe el de al lado; en fin, era domingo y estabas tocando la guitarra mientras yo pintaba un cuadro de mierda, creo que después lo terminé tirando porque de verdad era una cagada. Nunca hice nada bien un domingo, salvo garchar y dormir. 
Dejé de pintar, y con el pincel cubierto de rojo sangre te pregunté si ya le habías contado que estábamos juntos. Te estaba mirando a la cara. Dejaste de tocar y sin levantar la vista soltaste un no más seco que la concha de mi tía abuela viuda y seguiste tocando. Estabas intentando sacar los acordes de una canción instrumental de esa banda que fuimos a ver en la playa. Quise seguir pintando pero no pude, tampoco pude recriminarte por qué no. Quise hablar pero la garganta se cayó o se calló. Ni las lágrimas se me caían la puta madre. Qué poder de manipulación tenías. Tanto que te levantaste del sillón, dejaste ahí la guitarra, te fuiste a tirar a la cama, me llamaste y terminamos cogiendo. Ya no me importaba que no te importara lo que te había pedido hace tres meses. Después dejé de importarte yo. 

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